Mímesis y singularidad en la Barceloneta de 1988

Hubo una época a mediados de los ochenta en la que me interesé por la indumentaria como símbolo social. Cursaba Filología Románica bajo el prisma de la Historia de las Mentalidades que iniciara el medievalista francés Georges Duby (https://es.wikipedia.org/wiki/Georges_Duby) y aprendía que lo que uno vistiera lo identificaba tanto como el apellido o el lugar de origen (que para la mayoría también sería de muerte ya que no existían muchas posibilidades de movilidad física o social).

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El siglo XX es el de las grandes mutaciones y la indumentaria será también un símbolo, pero de otra manera y a otra escala. Los conceptos de identidad o pertenencia ya no van a estar tan ligados a un territorio o a un linaje sino a una elección personal. Modelar la propia identidad será el trabajo de toda una vida, a lo que no será ajeno el éxito del psicoanálisis y la introspección para alcanzar el SELF (Uno Mismo) con su incidencia en el deseo y la representación.

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Sin embargo, el individualismo que preconiza el capitalismo como ejercicio de libertad halla un paradójico contrapunto en la deliberada apuesta por la repetición, la entrega voluntaria al gusto compartido y común, siempre que éste se oponga a otro al que se pretenderá refutar o dejar obsoleto. El éxito social se consigue integrándose en la masa, adoptando un estilo homogéneo pero contrapuesto al de otro grupo. Se recoge aquí otro concepto clave en la época medieval, que es la MÍMESIS según lo teorizaba René Girard (https://es.wikipedia.org/wiki/René_Girard#Teor.C3.ADa_mim.C3.A9tica). El objeto de deseo es un mediador para llegar al Otro, que es el reflejo de uno mismo como ser completo encarnado en otro ser que, precisamente por sus rasgos diferenciales, es decir su alteridad, se constituye en algo que hay que conseguir (y a veces hasta destruir) para reconstruirse y sanar la herida narcisista.

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La moda consigue que el vestido sea considerado un fetiche y se cargue de un valor que va mucho más allá de su función primordial. “Ir a la moda” es un imperativo social para quien quiera ser tenido en cuenta como relevante. No ir a la moda implica inadecuación, que uno es pobre y por tanto marginado como no acorde con los tiempos, arrojado fuera del progreso. La contestación cada vez mayor a este imperativo no deja de ser una variante más de este mismo dogma, ya que su ampliación numérica los convertirá a su vez en otro grupo “a la moda”, que se dotará de códigos y consignas para delimitar su excepcionalidad.

LAS FOTOS:

La playa de la Barceloneta anterior a los Juegos Olímpicos era el patio adosado al barrio popular y marinero que cada vez iba más rápido en el abandono de sus señas identitarias. Muy lejos de la platea teatral de este siglo XXI, en 1988 era un arenal desagradable y escasamente acondicionado. Pero su estado de territorio semi-natural y semi-urbano propiciaba un tipo de comportamiento que era un fiel reflejo de lo que cada grupo social y generacional entendía como “ir a la playa”. Con mi K-100 y un carrete de diapositivas, ahí estaba yo preparada para recoger un testimonio de mi época.

MODA EN LA PLAYA
Esta señora no ha cambiado de modelo de traje de baño desde que encontró el que se adecuaba a su figura sin faltar al decoro propio de la edad.
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El bikini y el topless para demostrar y demostrarse que todavía se está de buen ver y que una es muy libre de hacer con su cuerpo lo que le dé la gana. Pero, eso sí, en las rocas para no ser blanco de todas las miradas y todas las evaluaciones.
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La prenda que luce esta señora no es un simple bañador sino un “traje de baño”. Con su drapeado lateral de reminiscencias clásicas, su color azul eléctrico muy propio de la década y con anillo, pulsera y collar y la manicura perfectamente atendida, aunque no le veamos la cara sabemos que esta señora no tiene la menor pretensión de ser “una cualquiera”, aunque vaya sola.
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Bañador entero pero con los tirantes bajados para conseguir un bronceado uniforme en los hombros. El gesto mimético de las señoras de azul denota su complicidad en los objetivos.
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A pesar de haber sido una década muy exigente con la apariencia personal, la playa de barrio desdeñada por las clases acomodadas que preferían la Costa Brava fue como un oasis de libertad para quienes iban solo a disfrutar.
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Los señores lucen los dos tipos de bañador característicos de la época para hombres de su edad. Tomar el sol de pie y dando conversación es propio de caballeros, que así también recrean la vista abarcando del Llobregat al Maresme.
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Tomar el sol con el sujetador desabrochado para evitar las horribles marcas es a lo más que se atreverá esta solitaria señora. El pañuelo alrededor del cabello para que el aire no la despeine sugiere que no tiene pensado bañarse, a lo sumo remojará un rato los pies. El gesto como de oración insinúa que el ejercicio de bronceado tiene algo de penitencia.
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Ir a la playa para desaparecer bajo una toalla…
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Los señores del gorrito se tapan la cabeza para no “coger una insolación” y toman fruta fresca para hidratarse, pero orientan su espalda en dirección al sol y por eso tendrán que torcer el cuello si quieren ver el mar. El paso de los años ha hecho que sus respectivas figuras se armonicen en forma y color.
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Los brazos en jarras y las piernas separadas no solo permiten que pase el aire sino que, y es lo importante, no dejará ni un solo centímetro de carne blanco. ¡Qué pesado sería tomar el sol si no se tuvieran ojos para chafardear!
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Si los bañadores de estilo calzón de atletismo con sus reverberación discotequera no fueran suficiente información, el corte de pelo de chicos y chica proclaman que estamos en los años ochenta.
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La adolescente sigue la moda con ese amarillo fluorescente, aunque dentro de unos años seguramente hará topless como la madre que aún puede lucir un pecho juvenil ante su indiferente retoño.
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Esta joven parece haber resuelto mejor que otras bañistas el tema del bronceado de los hombros con este modelo tipo “palabra de honor” que esconde unos tirantes finísimos que solo se atará al ir a bañarse.
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¡Qué mejor forma de expresar la amistad que lucir el mismo modelo de bikini! De estilo deportivo, como empezaba a ser obligatorio en la década del culto al cuerpo y el “aerobic”.
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Aquí este joven demuestra lo que es tener una fuerte personalidad y una sana confianza en sí mismo: ir a la playa con zapatillas y calcetines sin importarle que por ir así en las discotecas te miraban como a un desahuciado estético.
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Misma altura, peso y estructura ósea la de este trío de amantes del topless que se enrollan los bordes del bikini imitando el tanga brasileño porque no consideran que enseñar el culo esté del todo bien.
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Este trío de amigas ha coincidido, ya que no en el color, en la elección de una braga de bikini de tira fina para conseguir un bronceado casi total. El señor del gorrito se adjudica la misión de controlar que esas delicadas dermis no superen el punto de torrefacción adecuado.
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Sin bañador, sin gorro, sin camisa… Pero nadie le llamará la atención a este apocado mirón.
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