LA FOTO QUE NO PUDE HACER

Este texto es una traducción del que presenté en la asignatura Feature Writing en el máster de fotoperiodismo que estoy siguiendo en Suecia.

fotovelada

I

     Como fotógrafa autodidacta que soy, he perdido cientos de ocasiones de conseguir fotos interesantes, casi siempre por impericia técnica, cuando no por falta de un buen objetivo o un flash o un trípode o un atofocus o, (sí, ésa era yo) por ir con una cámara de telémetro a fotografiar el incendio del Liceo… He sido apartada sin miramientos por la policía al carecer de carnet profesional (“Señora, ¿qué palabra de ‘No puede pasar’ no entiende?”), por guardias de seguridad en museos públicos o fundaciones privadas (“Con estas normas, la historia de la fotografía habría perdido a los mejores”, vano intento por mi parte de iluminar al espíritu de la indiferencia), por la asistente personal de un famoso actor hollywoodiense (“Está usted demasiado cerca”/ “¿¿¿Dos metros es ‘demasiado cerca’???”), por individuos anónimos a veces agresivos, otras suspicaces, otras tantas precavidos y algunas más por el simple placer de fastidiar a una mujer… Me he sentido humillada, avergonzada, enfadada o decepcionada con todas esas restricciones indeseadas, pero si tuviera que comparar esas fotos con mariposas de una colección, diría que solo eran especímenes menores y ninguna de ellas ese ejemplar único que justifica una obra o da reconocimiento a su autor.

II

     Los trenes han sido siempre buenos proveedores de instantes decisivos, mis ojos actuando como la cortinilla de una cámara que, con solo un parpadeo, un parpadeo consciente eso sí, me permite almacenar imágenes inefables: un hombre con una chaqueta oscura en el instante mismo de introducir la llave en la cerradura de su modesta vivienda una noche de julio, y no es su familia sino yo el primer testigo de su llegada; un bebé en brazos de su sonriente abuela aprendiendo a decir adiós a los trenes desde una ventana de doble hoja; el joven africano de esbelta silueta ligeramente apoyado contra la valla metálica del andén, cuyo jersey de un intenso color rojo y su tez oscura casan tan bien con el verde de los matojos y los árboles bajo un radiante cielo azul; la imagen borrosa a través del doble cristal de dos mujeres de mediana edad con ropa deportiva caminando en silencio y al mismo paso a lo largo de un polvoriento sendero paralelo a las vías, mientras un anciano se ejercita en el fondo y otro camina más allá junto a un perro canelo,…Y como éstos, miríadas de destellos de vida siendo vivida por otros seres que, por el asombroso poder de la mirada, ahora son parte de mi experiencia.

III

     Pero, en realidad, la foto que no pude hacer no fue por inexperiencia o falta de un equipo adecuado, sino porque no está permitido hacer fotos a los estudiantes sin consentimiento paterno o permiso escrito de la institución docente. Por supuesto que he tomado cientos de fotos de adolescentes practicando deporte, en viajes al extranjero, visitas culturales, excursiones y, faltaría más, en las incontables celebraciones que tienen lugar a lo largo del curso. Estas fotos no solo están permitidas sino incluso promovidas por mis colegas o superiores para ser utilizadas en blogs, páginas web o informes institucionales, es decir, para propagar el lado brillante de la educación pública.

     En cambio, yo hubiera querido mostrar al chico de pelo oscuro sentado en la última fila, los brazos como una almohada en la que ocultar el rostro y dormir por toda la noche pasada delante del ordenador. O aquella chica que hace morritos en su espejo de mano para probar el efecto de un pintalabios; o aquellas cuatro jugando a cartas con todo la mala leche del mundo para desafiar a la profesora sustituta. O al repetidor de primero con la barbilla apoyada en la mesa, los brazos colgando por debajo y mirando al frente con la displicencia del que sabe que no puede repetir dos cursos y pasará al siguiente con una media de 2. ¿Y cómo no retratar las múltiples demostraciones de flexibilidad de las extremidades adolescentes en su intento de acomodarse en la silla, ni que el suelo de las aulas estuviesen al rojo vivo?

     Muchas veces he pensado en el típico calendario que algunos institutos hacen para Navidad, con los profesores disfrazados de personajes de películas clásicas o de cuentos de hadas. Yo hubiese propuesto que nos sentásemos en los pupitres para escenificar, sin necesidad de disfraces, solo unos pocos ejemplos del amplísimo repertorio de posturas y gestos que los adolescentes exhiben como muestra del profundo desdén con el que afrontan su propia educación. Estoy segura de que estas fotos serían mi consagración… y mi venganza.

El original en inglés

THE PHOTO I COULDN´T TAKE

Part I

      Being a self-taught photographer I’ve lost hundreds of interesting pictures, mostly for my lack of technical skill when not for not having a good lens or a flash or a tripod or an autofocus or, (yes, I did it) for taking a telemeter camera at the Opera theater fire… I´ve been chased by police agents for not having a professional card (Ma’m, which word of You can’t go in” you don’t understand?”), by security guards in public museums (“History of Photography wouldn´t have most of its Masters with this laws”, me trying to enlighten an indifferent soul), for a famous actor assistant (“You´re too close”/ “Two meters is too close???”), by anonymous individuals sometimes aggressive sometimes suspicious sometimes cautious sometimes just pleased of hassling a woman… I’ve felt humiliated, ashamed, angry o disappointed with all those unwelcomed restrictions, but if I should to compare those photos to a butterflies’ collection I´d say all them were just minor specimens and none (of them) the piece which justifies or gives recognition to the catcher.

Part II

      Trains have always provided me hundreds of decisive instants where my eyes acted as the curtain window of the camera and just a blinking, a conscious blinking however, enabled me to store ineffable frames: a man in a dark coat at the very moment of putting the key in the hole of his modest house, being me and not his family the first witness of the arrival; a baby in arms of his smiling grandma learning to say goodbye to trains from a double leaf window; the thin African young man slightly propped against the platform iron fence whose intense red sweatshirt and dark skin matches so well with the green of the grass and the trees in a radiant blue winter morning; the blurred middle aged women in sport clothes walking silently at the same pace through a dirt path parallel the railway whereas and old man make exercises in the background and another one walks a cinnamon blond dog,… And like those, myriads of glimpses of life being lived by others whom by the astounding power of sight are now a part of my experience.

Part III

      Actually the photo I couldn’t take was not for my inexperience or suitable equipment but for it’s not allowed to take pictures of students without parental or institutional written permission. Of course I have taken hundreds with teenagers making sport, in a trip abroad, in cultural visits and not to forget the many celebrations schools have along the academic year. These were not just allowed but even promoted from my colleagues and superiors to use in blogs, websites or institutional reports, so it is the bright side of public education.

     Instead I’d have showed this dark haired boy in the last row, his arms on the table making a cushion where to hide the head to sleep for all the night spent on the computer. Or that girl pouting the mirror to check a lipstick effect, or those four playing cards openly to challenge the new teacher. And the stooped over one in the first row with his chin leaned on the table and the arms hidden. How not to portray the many examples of teenager’s legs flexibility as if classes’ floors were burning? … Many times I wondered about the calendar some schools do for Christmas with teachers disguised like classical films or fairy tales characters. I’d propose them to represent the many teenagers’ attitudes which show their disdain for their own education. I’m sure it would be my consecration… and my revenge.

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