TERESA MATAS, cuando lo universal se vuelve personal

teresa 3Conocí a Teresa Matas en 2003 por mediación de un centro de arte en la ciudad de Palma cuando me encontraba realizando un libro sobre Mallorca, y que acabó siendo una estafa por parte de los editores (a los que deseo las llamas del infienro). Tras varias llamadas por teléfono, acabamos encontrándonos un sábado muy soleado y lo primero que recuerdo es la fácil comunicación que se estableció entre nosotras y su sincera calidez personal. No he olvidado la impresión que me causó su sentido de responsabilidad personal, especialmente en relación con sus mayores. Como muchas personas nacidas a finales de los años 40 y 50, se enfrentaba al fenómeno de la longevidad de sus familiares más cercanos, lo que la obligaba a organizarse para pasar la noche al cuidado de los ancianos sin dejar de estar presente en su casa, en la que aún vivían dos de sus tres hijos. Para Teresa Matas esa no era una obligación sino una vivencia que la enriquecía tanto como a  ella como a sus hijos. “Cuando estoy con ellos me veo a mí misma”, al decirlo su tono expresaba una gran convicción en la importancia del ejemplo que se transmite en el día a día, en la identificación con el dolor ajeno y en formar parte de una comunidad.

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Sus obras de esa época tenían referencias religiosas que ella relacionaba con el espacio donde creaba, un antiguo convento en el Pla de Na Tesa, a solo dos kilómetros de  su domicilio familiar en Marratxí.Lo primero que fotografié fue un conjunto de pequeñas piezas de barro con una cruz y un mensaje inscrito en mallorquín que podía leerse como un lema. Como puede comprobarse, el tono del barro seco es muy similar al de las paredes de las casas mallorquinas que resplandecen incluson con el sol del invierno.

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Teresa había ido encontrando su lenguaje a medida que creaba y la impresión que me dejó era que usaba un material o técnica en función del mensaje que quisiera transmitir. Había pinturas, tapices cosidos juntando retales de colchas, fundas de colchón u otros desechos a los que el tiempo había aportado una connotación emocional que originalmente no tenían. El color rojo remitía a la sangre, y el negro a la muerte y al dolor que forma parte de la historia de todas las mujeres, la violencia patriarcal que para unas es una realidad cotidiana y para otras, las menos, solo una amenaza latente que puede cernirse sobre ellas o sus hijas de la manera más inesperada. Esa emoción universal toma la forma de unas sotanas-escultura en color carne o negro que remiten a la indumentaria conventual donde en los siglos oscuros muchas mujeres se resguardaban de los peligros del mundo.

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Con manos expertas Teresa juntaba un retal con otro, añadiendo aplicaciones en forma de corazón y bordando nombres con lana negra, una tarea esmerada que favorece la concentración y el ensimismamiento reflexivo. En las paredes, imaginería religiosa, recortes inspiradores y frases escritas a lápiz con una caligrafía picuda regular.

Con el paso de los años, esta temática ha ido creciendo y la paleta de colores concentrándose cada vez más al blanco, el negro y el rojo. Las puntadas que con tanta minuciosidad enlazan un pedazo de tejido con otro en algunas obras se transforman en costuras abiertas, simbolizando esa herida que no se cierra, la imposibilidad de cicatrizar la herida que deja la ausencia más temida: la muerte de un hijo.

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En 2005 tuvo lugar el hecho fatídico que marca un antes y un después en la vida de la familia Matas. Muy cerca de casa, cuando regresaba de pasar la noche entre amigos, un coche se abalanzó sobre el que conducía al hijo de Teresa a su casa. Solo tenía 29 años, una edad que los astrólogos conocemos por ser el primer tránsito de Saturno, un cambio definitivo hacia la madurez, hacia la individualización, que para muchos jóvenes se presenta como un dejar atrás algo para sentar las bases de la vida deseada. Teresa me dijo que la vida de su hijo terminó en un momento en el que se sentía feliz con lo que tenía y con el entorno que él mismo se había creado, su propia casa en el antiguo estudio en el que le hice las primeras fotos.

A partir de ese momento, el duelo que Teresa invocaba por empatía cuando trataba del dolor femenino en obras de parco cromatismo ya era realmente suyo. Volvía también a la aguja para crear un memorial con las prendas de vestir de su hijo. Esa ropa banal de la juventud, vaqueros, camisetas, jerseys de uso diario,… se convierten en un tapiz de la memoria, una prueba de su existencia y de su ausencia. Colgadas en el armario eran unas camisetas y pantalones idénticos a los que vestían otros jóvenes de su generación, un código identitario elegido para comunicar que se es uno más en el grupo de edad, a pesar de los pequeños indicios de rebeldía asociados aún a determinadas prendas de vestir. La ropa huérfana adquiere entonces un aura de profundidad, como todo lo que va a superar el paso del tiempo, a pesar de que nunca volverá a ser usada por nadie, de que solo aparecerá en su esquemático patronaje. Pero esas obras de aguja solo serán un capítulo del duelo.

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Sin miedo a ninguna disciplina, Teresa realiza videos y performances sin dejar de dibujar, pintar y coser. Los materiales son indiferentes, no hay arte mayor o menor sino material o inmaterial, para todas estas obras vivenciales. Hasta el inmaculado hilo de algodón pasa a ser memoria cuando se entrelaza con el ganchillo para crear una flor, siguiendo un patrón que las mujeres se han transmitido unas a otras durante generaciones como medio para embellecer su entorno, pero también para procurarse un momento de reposo interior, de conversación consigo mismas. Sargir l’ànima (“Zurcir el alma”) será el título de la la exposición que en 2010 llevará, entre otros, al Museu Tèxtil de Terrassa (Barcelona) y que muestran la evolución de su arte, entendido como lenguaje y como legado.

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En mi última visita a Teresa su estudio estaba dividido entre un garaje en la calle donde se encuentra su vivienda y una sala cubierta en el jardín que había sido el comedor de verano la primera vez que estuve. Su obra seguía siendo el resultado de una disciplina constante pero a la vez fruto de una gran libertad y, lo mejor de todo, extraordinariamente productiva, ahondando una y otra vez en su personal simbología en la que trata de mediar entre la vida y la muerte.

La prueba de que el arte es una carrera de fondo son las últimas noticias relacionadas con la proyección internacional de la obra de Teresa Matas. Además de aparecer en revistas de prestigio como la estadounidense ESOPUS magazine, que la inclye en su número dedicado al arte terapeútico, su trabajo se ha presentdo a con todos los honores en Nueva York, Múnic, Berlín, Viena y Moscú, siendo la galería de arte municipal de la ciudad bávara de Fürth la última en mostrar sus obras, esta vez bajo el título Die Spielregeln (“Las reglas del juego”) y que podrá verse hasta el 15 de mayo.

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