Ridícula y cruel

Cuando se es joven es normal sentir que la propia vida es independiente de “la realidad”, a la que se observa con una perplejidad propia del Montesquieu de las “Cartas persas” y con el mismo propósito subyacente de que nuestros veredictos enciendan la chispa de una revolución que se lleve por delante un sistema que nos enemista con el futuro prometedor que consideramos es nuestro y merecido. Sí, cuando se es joven es normal ajusticiar sin remordimiento a todo aquel y aquello que no se ajusta a nuestros estrictos criterios de lo que es justo y respetable. Porque de joven uno es una contradicción ambulante, lo cierto es que nunca como en esa primera edad en la que se demanda una libertad personal ilimitada se tiene un código tan severo de lo que es correcto y lo que no… para los demás. Cada nueva generación encuentra el adjetivo que mejor le cuadra para definir ciertos aspectos del mundo adulto que no entran dentro de los estrechos límites de la ética grupal, aunque en realidad esos mandamientos sean solo una estética de lo apropiado. Y, como que ser joven implica andar escaso de experiencias y cargado de prejuicios, el vocabulario para etiquetar lo que es antinormativo para el elevado fin de conservar la pureza estética es enooooorme.

En esa tesitura me encontraba yo a mis 25 años y en el quinto y último curso de Filología Románica en la Universidad de Barcelona. Entusiasmada con el roman courtois francés y ciertos análisis sobre la figura del doble en los romans de Chétien de Troyes en fructífera mezcla con una tendencia heredada de mi madre en crear gemelitudes entre mi gente (el terreno de mi madre se ceñía a los personajes de la farándula), por fin había conseguido que dos de mis amigos más próximos se conocieran en un encuentro programado en el que yo sería la mediadora y la testigo. Ella era Gema y él Oriol, pero para mi historia serían Afrodita (aunque anónima por ser la narradora) y Narciso viviendo un momento de incomunicación fruto del tedio amoroso.

El día D era el viernes 25 de marzo de 1987 y yo había decidido hacer campana en las clases, seguramente de linguística y de literatura III, impartidas por sendos profesores eruditos y carentes de toda posibilidad de aportar un dato con el que nutrir mi imaginación (lo que sí hicieron los de italiano y literatura II anteriormente).

Como buena española, amo el realismo y detesto la fantasía que propaga un mundo de autocontemplación satisfecha. Y en esa época mi bestia parda eran las nuevas tendencias en las revistas de moda patrias que, no contentas con hacer una fotografía para mi gusto relamida y pretenciosa, se abandonaban a delirios literarios en unos pies de foto estomagantes por su cursilería. Mi plan era, pues, improvisar unas fotos con los dos gemelos a los que yo devolvía la fraternidad ignorada mientras paseábamos sin rubo fijo por el centro de Barcelona, encargándome yo a posteriori, con mi alto sentido de la justa estética, de denostar el modelo adulto con unos textos paródicos que revelarían su impostura  ética.

Como dicen ahora en las noticias de internet para despertar el interés del multiatareado internauta: “Estos dos amigos no podían imaginar cómo acabaría su primer encuentro”. Bueno, ni ello ni yo ni nadie en su sano juicio.

***Nota: Mi presentación fue una especie de fanzine muy sencillo, antes de que se inventaran Power Point y por supuesto Photoshop.

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Narciso había llegado tarde, como de costumbre, y no teníamos nada que decirnos. Era un día soleado y ventoso. (Narcissus was late, as usual, and we didn’t have nothing to say each other. It was a sunny and windy day)
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En el museo de Arte Natural aprendí lo grande que es el mundo y lo pequeño de nuestras ambiciones. (In the Natural Art museum I learnt how big is the world and how little our ambitions)
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Narciso se complacía en buscar rastros de sí mismo en cada rincón. (Narcissus gloated looking for traces of himself in every corner).
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Barcelona es una ciudad grande en la que disimulamos nuestro malestar. (Barcelona is a big town where we conceal our malaise).
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Queríamos integrarnos en sus edificios y ser felices como la sonrisa alegre de esas niñas que espiaban nuestro deambular. (We wanted to merge in its buildings and be happy as the lively smile of these little girls who spied on our wandering).
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Yo intentaba hacer llevadera la falta de correspondencia de Narciso con esa ciudad que él no comprende, pero… (I tried to make easygoing the lack of Narcissus’ connection with this city he doesn’t understand, but…).
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…él volvía a su descarada política de silencio y yo hacía lo posible para que no me importara. (… he sticked with his brazen politic of silence and I strived this didn’t upset me).
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Y entonces estalló la bomba. (And then the bomb exploded).
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Hizo mucho ruido y la gente corría por las calles muy asustada. (It made a huge noise and people ran in the streets very scared).
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Pero gracias a eso tuvimos conversación para dos semanas. (But thanks to this we had something to talk about for two weeks.)

Bueno, quién nos iba a decir que una corta discusión acerca del mejor camino para llegar a nuestros respectivos domicilios nos evitó ser víctimas directas del atentado de la banda  terrorista ETA en el puerto de Barcelona, atentado que se llevó la vida de un joven guardia civil que custodiaba la entrada desde un sencillo garito a la vista de todo el mundo.

Una de mis costumbres en esos tiempos de película era no gastar los últimos fotogramas de un carrete por si acaso me salía al paso algo interesante una vez acabado lo que me hubiese entretenido hasta dar por acabada la sesión. Y ese día aún me quedaron unas pocas fotos en el carrete de blanco y negro, por lo que pude recoger pruebas de la crueldad del mundo adulto del que, por falta de un trabajo estable y mi au, todavía no me sentía parte. Consciente de que era una situación importante que ponía a prueba mi destreza como fotoperiodista, me acerqué a uno de los bazares de la calle Reina Cristina para comprar un rollo en color y seguir documentando los efectos de la explosión en el paseo de Colón. Luego llamé a El Periódico de Barcelona para ofrecerles las fotos para su publicación.

Uno de sus fotógrafos, Pepe Encinas, me había comprado algunas fotos no estrictamente de actualidad para el archivo además de regalarme carretes en b/n para que prosiguiera con mi vocación. Era y es una gran persona a la que no me cansaré de elogiar y agradecer la ayuda que me prestó en esos tiempos de aprendizaje. Aun así creo que me pagaron muy mal por esas imágenes ya que el diario rival, La Vanguardia, pagó el doble al fotógrafo que fue con la “exclusiva”.

Una vez más podía añadir a mi archivo de observaciones que la vida adulta está llena de pretensiones ridículas y es cruel con los leales.

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