PISCINA FANTÁSTICA (1982)

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Tomada en la piscina de una guardería, la criatura de la foto solo se habría ahogado en su propio llanto.

En 1982 hice mi primer curso de fotografía reglado en el CENTRO INTERNACIONAL DE FOTOGRAFÍA DE BARCELONA (CIFB), dirigido por Albert Guspí, todo un renovador de la escena fotográfica en la Barcelona de la Transición. Allí tuve a Manel Esclusa y a Josep Cunties como profesores y tanto el uno como el otro nos presentaron de manera organizada la historia de la fotografía como introducción a los diferentes seminarios de prácticas.

De todos los géneros artísticos, el Surrealismo es el que más pronto cala en la mente joven, es el más fácil de entender y muy divertido por la subversión de los cánones establecidos, tanto estéticos como morales. Aunque, como buena española, siempre me decanto por el Realismo en la ficción literaria, cuando se trata de hacer fotos me gusta ir más allá de la visión inmediata y aceptar los retos a la visión que me proponen la lente y los fenómenos externos.

Durante muchos años, y con el fin de combinarlo con los estudios, trabajé cuidando o dando clases particulares a niños. A poco que nos conociéramos, se convertían en mis modelos, o en mis esclavos según se pusieran las cosas. Era ese verano de mis 20 años cuando, por mediación de una profesora de instituto de la que fui canguro y luego amiga, entré en contacto con una familia con tres hijos que alquilaba un apartamento en Gavá playa, a pocos quilómetros de Barcelona para que el padre pudiese ir y venir del trabajo cada día. En esos años, las familias de clase media podían alquilar un apartamento durante tres meses a un precio que para ellos era razonable (aunque triplicara mi paga mensual) y además tener a una canguro mientras la empleada doméstica estaba de vacaciones. Otros tiempos, ya digo. Mi rutina consistía en darles clases durante la mañana, hacer la comida y luego acompañarlos a la playa o a la piscina. Por la tarde planchaba, leía y de nuevo volvíamos a la piscina o al jardín.

Esta serie es el final feliz de un acontecimiento que no se ha vuelto a repetir en mi vida: la pérdida de un negativo ya revelado. Efectivamente, un día que iba por la calle perdí uno de esos portanegativos de fuelle que iba en un sobre junto con la hoja de contactos que había encargado, un gasto insólito en mí y que ahora no recuerdo por qué se me antojó. La cuestión es que en ese negativo había una foto de la niña mediana emergiendo del agua con el rostro deformado pero perfectamente enfocado y que me parecía una de las mejores fotos que yo había hecho hasta el momento. El disgusto me llevó a repetir la sesión, pero esta vez sumando a los hermanos y amiguitos de la niña, que era siempre una colaboradora entusiasta y paciente, aunque de carácter feroz si percibía una injusticia. En la mayoría de las fotos se ve que intento congelar el instante para captar la refracción mediante una velocidad de obturación alta, además de usar película más sensible (probablemente 400 ASA), salvo la última, que fue un experimento que hice bajando la velocidad por debajo de 1/30. Nunca he sido de gastar mucha película y para esta foto tan inquietante como divertida no necesité más de dos tomas. Tiempos fantásticos para el aprendizaje.

P.S.: Todos mis negativos tienen la fecha exacta y los datos de revelado, pero a partir de ese día ya siempre añadí mi teléfono, y esa prudencia ha hecho que nunca más volviera a perder un solo negativo.

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Más que surrealista, esta foto es puro documento de las costumbres de las pijas de los años 80, que tenían la costumbre de airearse la melena con un movimiento velocísimo de arriba a abajo, sin importar quién y qué anduviera cerca. Aquí, la aprendiz de Narciso coqueteaba con su reflejo en una forma propia de meditación.

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Una foto como esta fue la que perdí y el origen de la serie. Más que una fotografía parece una ecografía. 

 

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Los cuerpo filiformes de la preadolescencia las asemejan a renacuajos afectuosos.

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Un nuevo intento de crear un bestiario de agua dulce.
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¿Ofelia o sirena? La mayor de las hermanas también tenía que dejar su impronta en la serie.

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De la franca camaradería al “ya no te ajunto” en dos instantáneas para las que han pasado cinco lustros.
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En tiempos analógicos no necesitaba más de dos fotos para triunfar… o desistir.
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