LA ENVIDIA DEL ESTE/ THE ENVY OF THE EAST

La abundancia es la cosecha del orden

Antes de la caída del Muro de Berlín en 1989, los reportajes sobre los países situados detrás del Telón de Acero siempre destacaban el general desabastecimiento de productos de consumo diario, que obligaba a repartir cartillas de racionamiento entre la población. Posiblemente por estar vigilados de cerca por la policía, los reporteros que accedían al privilegio de un visado informativo no dejaban de retratar la vida cotidiana de acuerdo a una serie de tópicos que garantizaban una visión más o menos panorámica de la sociedad que visitaban. En pleno auge del “momento decisivo” y la fotografía humanista, el reportero de turno sumaba un tópico detrás de otro para que nos quedase claro que el paraíso comunista era una pesadilla en blanco y negro.

Cuando en 1986 España entró por fin en la Comunidad Europea, una de las primeras consecuencias (junto con la espectacular subida de los precios) es la avalancha de productos extranjeros y la consiguiente invasión publicitaria que modela nuestro imaginario para hacernos buenos ciudadanos y mejores consumidores. “Consumir hasta morir” parecía ser el lema colectivo, una prueba más de que éramos un país moderno y confiado en el futuro. Por supuesto que todo era fachada, pues no hay que olvidar la brutal desindustrialización que sufrió el país y la privatización de toda la riqueza pública, imperativos comunitarios para dejar de lado la autarquía que nos había dejado aislados del resto del mundo.

Por eso, el primer verano que fui a Calaceite (Teruel), un pequenio pueblo dedicado al cultivo del almendro y el olivo en la frontera con la provincia de Tarragona, me impresionó la austeridad con que se mostraba la mercancía en sus escasos comercios de alimentación. Entonces entendí que los términos habituales para denominar a lo que ahora son supermercados eran el reflejo de un anhelo compensatorio por las penurias de la posguerra, que en los pueblos se alargó mucho más que en las capitales. “Ultramarinos” y “colmado” son vocablos que remiten a una fantasía de plenitud, a una despensa sin telarañas, una exhibición de ‘horror vacui’ que obliga a llenar los estantes hasta los techos con una instalación de latas, frascos, botellas, paquetes,… y sacos con todo lo que pueda venderse al peso, a granel, porque la clienta necesita un abastecimiento a medida de sus necesidades familiares. Por comparación, los comercios de alimentación de Barcelona, donde yo residía todo el año, parecían de una exuberancia tan ostentosa como los principios vigentes en esa década, en la que había que exhibir la riqueza sin complejos, alardear de ella como si fuera el resultado de un esfuerzo personal, aunque la suerte y la hidalguía aún eran mayores motivos de orgullo, y ahí estaban los nuevos pijos y los yuppies para mostrar su aversión por todo lo que recordara que hacía muy poco que aún se llevaba boina en lugar de gomina y alpargatas en lugar de náuticos.

Criatura urbana que despertaba a la observación sociológica, me decía para mis adentros: “Si tuviese una tienda de alimentación, la llamaría “La envidia de Polonia”, en alusión a ese país tan católico y prolífico que en esos años había derribado al gigante soviético a fuerza de misas al aire libre y huelgas sindicales, con la divina ayuda del Vaticano y de Estados Unidos no hay que olvidarlo.

Así pues, el impacto de los cambios sociales en España y en el mundo fueron el detonante de una serie que inicié en 1990 y di por terminada en 1994. Elegí el color porque era muy de “nuevo rico”, en contraste con esa fotografía propia de la agencia Magnum (y que yo estaba conociendo a fondo con motivo de mi tesis doctoral). Los pies de foto eran una burla a los que solían utilizarse los fotógrafos “humanistas”, quienes trataban por todos los medios de seguir la línea de The Family of Man limitándose a describir lo que el público podía ver con sus propios ojos. Conocía ya el Nuevo Documentalismo Fotográfico británico y me parecía muy inteligente lo que hacía Karen Knorr en su serie sobre los ricos londinenses, reproduciendo algunas frases aisladas de sus conversaciones, pero yo quería más bien reírme de la presunta objetividad del reportaje clásico y veía que ese tipo de fotografía en la que primaba la mirada y la voz del autor sobre la realidad era la que más se acercaba al tipo de práctica fotográfica que me interesaba en el futuro.

Las fotos fueron tomadas con negativo Fuji Reala, que daba unos colores muy vibrantes y era más barata que la diapositiva. Cuando expuse la serie en 1994, en el centro cívico Casa Groga de Barcelona, y  en una colectiva en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 1996, elegí expresamente cartulinas de colores como fondo para romper con la sobriedad habitual de las fotos típicas de galería, con su passpartout biselado y su marco negro… No sé si la serie ha quedado obsoleta o si va más allá de la parodia sobre el lenguaje del reportaje tradicional, pero sí es cierto que responde a un momento de mi vida como fotógrafa y como persona interesada en entender la sociedad en la que vivimos.

Espero que os guste.

porck life
Puerca vida
Quien bien te quiere…
El nacionalismo es una cuestión de detalle
Idem
calaceite
Sinécdoque del excedente doméstico (Calaceite – Teruel)
saint ponc
Matronas en el cotidiano acto de comprar provisiones
necklace
Plan de choque contra la crisis: por la compra de un fuet regalamos una gargantilla
Biodiversidad en el desayuno
Color, ritmo y derroche
Todo tiene su precio, amigos
Holanda (Gouda, Breda), Francia (Camembert, Brie, Gruyère), Dinamarca, España (Jijona, Rioja, Ronda, Salamanca, Teruel, Vic), Alemania, Argentina, China, Suiza, Inglaterra e Himalaya.
Y el perro, 50.000 pta.
En el año 2000, el que no sepa usar un ordenador será considerado analfabeto.
vending
Introduces una moneda en la máquina, esperas a que baje la lata, y no tienes que hacer cola ni hablar con camareros impertinentes
A partir de cierto momento, toda devoción resulta obscena.
Porno food
Croissant mass-mediático
mickey and minnie
La comida también puede ser una obra de arte. ¿No es una pena tener que comérsela?
caramelos
Quién sabe lo que puede llegar a ganar un diseñador de caramelos!
Cada imán cuesta 475 pta y está hecho con comida de verdad, pero yo no me la comería ni aunque me pagasen.
La base del consumo es el deseo mimético
bunquer familiar
En el búnquer familiar: el martes habrá que salir a por más provisiones. ¡Se está tan bien en casa!
Después de la saciedad viene la perversión
La hija del campesino bretón se casa
Compasión
Arquitectura gastronómica
¿En qué puede estar pensando?
Es triste reconocer que alguien que te conoce no desea tu bien
reciclado
El reciclaje es un invento de los pobres del que ahora se apoderan los ricos
Y, por alusión, pasteles. Con permiso del IAE.
Cornucopia occidental
Europa. EuroPAN

comete a un rico

Epílogo: Epilogue

Paella de Amparo Furió

  RECETA

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